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El bikini hace parte del vestuario básico de playa de toda mujer, y su presencia es tan ubicua hoy que resulta difícil pensar que hace 70 años, cuando hizo su primera aparición en público, hubiera causado una conmoción en la moda solo comparable con la explosión de la bomba nuclear en Hiroshima un año antes.

El estallido del bikini sucedió en el verano de 1946 en Francia, el primero en paz después de varios años de guerra. En medio de ese ambiente de festejo, dos diseñadores franceses se lanzaron a crear vestidos de baño diminutos para celebrar la sensación de libertad que reinaba en el ambiente. El diseño de Jacques Heim se llamó Átomo, y aunque ya era muy reducido, su colega Louis Réard logró hacer uno más pequeño aún, con solo 76 centímetros cuadrados de tela.

Para mostrar su creación, Réard buscó modelos profesionales, pero, al ver que todas se negaban a ponerse esta escandalosa prenda, tuvo que recurrir a una bailarina de cabaret, Michelle Bernardini, quien ya estaba acostumbrada a mostrarse ligera de ropas. Ella lo lució orgullosa en la popular piscina Molitor de París, mientras el eslogan publicitario de Réard rezaba “El traje de baño más pequeño del mundo”. El conjunto de dos piezas fue bautizado bikini, porque la semana anterior Estados Unidos había realizado pruebas nucleares en un atolón de las Islas Marshall llamado así.

Para Réard el nombre era una manera de capturar el espíritu de la posguerra, pero, también, como lo dijeron algunos expertos en su momento, de anunciar el lanzamiento de toda una bomba atómica que iba a transformar el campo de la moda. “Hoy, continúa siendo un hito como lo fue en su momento la introducción del esmoquin femenino de Yves Saint Laurent o la llegada de la minifalda”, dice Pilar Luna, directora de contenido de Código Malva.

Gracias al truco publicitario de Réard, la bailarina recibió muchos aplausos, las europeas más audaces querían usar el bikini y los hombres se deleitaban observando las curvas de ellas. Pero no todo el mundo estaba fascinado con la prenda: los gobiernos de España, Portugal, Italia, Francia y Bélgica tomaron medidas que prohibieron su uso; el papa Pío XII lo calificó de pecaminoso y los concursos de belleza lo condenaron.

Esa reacción era apenas entendible. A principios del siglo XX, las mujeres llevaban al mar trajes largos y voluminosos. Algunas arriesgadas, como la actriz de cine mudo Annette Kellerman, que apareció en una playa de Boston con una malla ceñida que dejaba los brazos y la media pierna a la vista, fue acusada en 1907 por el delito de ‘exposición indecente’. Y aunque en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, el bañador de dos piezas empezó a ganar notoriedad (más como una estrategia para ahorrar tela en tiempos de escasez que para liberar a las mujeres de tanta indumentaria) debía cubrir las caderas, el trasero y, sobre todo, el ombligo.

Pero en 1946 pudieron más los vientos cambiantes de la época que el puritanismo del pasado, lo que permitió que el bikini lograra ganar adeptos en Europa. Al otro lado del Atlántico, la resistencia fue mayor. El simple hecho de que fuese prohibido en un gran número de Estados hizo que la popularidad de la prenda no fuera amplia. Incluso en los años sesenta aún en América no había logrado encontrar su espacio. “Es inconcebible que una mujer decente y con tacto alguna vez lo use”, decía la revista Modern Girl, de Estados Unidos.

Pese a las polémicas, constantemente Réard le añadía misticismo a su creación. Decía que solo podía considerarse bikini si lograba pasar por el ojo de un anillo o si podía guardarse en una cajetilla de fósforos. Aun así, seguía siendo una prenda escasa en las playas, hasta que Brigitte Bardot apareció en escena para cambiar la trayectoria de este proyectil. En 1953, a los 19 años, la actriz que empezaba a hacer sus pinitos en el cine apareció en la playa enfundada en uno pequeño durante el Festival de Cine de Cannes. Fue como matar dos pájaros de un tiro: ella catapultó su carrera como actriz y el bikini logró el estrellato que Réard tanto había anhelado.

Hasta ese momento esta prenda representaba una ganancia de la moda. “Realzaba las zonas más sexis de la mujer y por eso tenía un significado erótico. Era una gran revolución porque la moda era muy tapada todavía y lo que se planteaba con el bikini era exhibir el cuerpo y lucir el bronceado, que con este traje se disparó”, afirma Luna. Sin embargo, solo fue hasta los años sesenta, con la llegada de la píldora y la revolución sexual, que este bañador se convirtió en una manifestación del control que las mujeres empezaban a tener de su cuerpo. Actrices de la talla de Marilyn Monroe, Sofía Loren y Anita Ekberg, quienes también lo vistieron, ayudaron a forjar esa idea.

Pero fue la suiza Ursula Andress quien finalmente logró el milagro con su aparición en la película Dr. No, en 1962. La escena en la que esta chica Bond sale del mar luciendo un bikini blanco es considerada hoy un momento icónico en la historia de esa prenda y una imagen clásica del cine, al punto que el traje fue vendido en una subasta en 2001 por más de 60.000 dólares. Halle Berry, otra chica Bond, le hizo homenaje en la película Die Another Day (2002) con una versión anaranjada de ese icónico bikini. En 1966, Raquel Welch lució un traje de baño hecho en piel de venado para la cinta One Million Years B. C. Tanto Andress como Welch representaban a la mujer empoderada sexualmente, lo cual iba acorde con el movimiento feminista de la época.

Para entonces ya algunas revistas se habían dejado seducir por la prenda. En 1962, Playboy sacó en su portada por primera vez a una conejita en bikini, y dos años más tarde la primera edición de vestido de baño de Sports Illustrated tuvo en la suya a la modelo Babette March, en un bikini blanco. La revista Time, en 1967, señaló que el 67 por ciento de las jovencitas de ese momento usaba bikini y “que era retrogrado no usar uno”. Eso sí, fue necesario que pasaran casi 50 años para que los concursos de belleza lo adoptaran en 1997.

El bikini fue evolucionando y otros modelos como el monokini (sin la parte de arriba), el tankini (la parte de arriba más larga) e incluso el famoso hilo dental, cuya aparición en 1974 causó furor porque dejaba poco a la imaginación, fueron conquistando a todos. En estos 70 años, la industria del bikini se ha convertido en un negocio que deja más de 13.000 millones de dólares al año y ha disparado otros negocios como el de la depilación y el bronceado de la piel.

Hoy, esta prenda sigue dando de qué hablar. Aún hay casos de mujeres acusadas de exposición indecente en público por llevar uno, como le sucedió a una en las playas de Myrtle Beach, Carolina del Sur, en 2013, a quien arrestaron por llevar una tanga que mostraba su derrière. Pese a estos incidentes, la discusión hoy no gira en torno a lo poco que cubre, sino a quién tiene derecho a usarlo. Aunque muchos dicen que solo las figuras atléticas, esbeltas y flacas merecen esta prenda, no hay un código definitivo y esa libertad ha llevado a que gordas, embarazadas, jóvenes y viejas lo usen con orgullo, pese a los ojos fiscalizadores de todos.

 

Fuente: http://www.semana.com/vida-moderna/galeria/bikini-cumple-70-anos/482239

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