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Recuerdo a doña Claudia como la madre de Pedro y Julio, mis “amiguitos” del vecindario de la niñez. Por cosas de la vida, doña Claudia, a su vez, había sido vecina de mi madre, allá en el Santiago de mediadas del siglo pasado.

Su hijo mayor, Julio, fue quien me escribió por mensaje privado en una red social. “Alex: Mi mamá te sigue siempre en el noticiero, y me preguntó que si habría forma de que la puedas recibir en tu oficina por un momento, que hay algo financiero que desea tratarte”.

“¡Claro!”, le respondí, sonriéndome nada más de recordar todas aquellas picardías, maldades y aventuras que construimos con los vecinos de Arroyo Hondo, de La Puya y de La Yuca, a finales de los setenta e inicio de los ochenta.

Llegó la tarde de la visita de doña Claudia. Fue en casa, donde tenía mi estudio profesional. Me alegré de verla, y ella seguía con la misma frágil ternura con que yo la recordaba a ella treinta años atrás.

“¡Cuénteme, doña Claudia! ¿Cómo es que la puedo ayudar...? Yo con gusto, en lo que usted necesite”, me ofrecí, presto y contento de poder servirle a esa ahora muy solitaria señora.

“Ay, Mello...”, suspiró, llamándome mellizo como solían hacer en mi niñez. “Te veo siempre en el noticiero, y yo estoy segura que me puedes aclarar una situación financiera con la que me estoy enfrentando, y a veces no me deja dormir.”

El primo, la financiera y la duda

“Yo tengo un dinerito, Mello... Bueno, no es solo mío, es un dinerito que mi hermano mayor (que ya está muy viejito) y yo tenemos y de cuyos intereses vivimos”.

“Bien. ¿Cómo de cuánto estamos hablando?”, le pregunté, mientras apuntaba en mi libreta.

“Son como unos diez”.

“¿Millones?”, quise asegurarme.

“Sí. Diez millones entre los dos”, completó ella.

“Bien. ¿Y dónde los tienen invertido?”

“Eso precisamente te vengo a comentar. Lo tenemos desde hace muchos años donde un primo de mucha confianza, que tiene una financiera...”.

Interrumpí a doña Claudia. “¿Una financiera? ¿No será una corporación de crédito, como ahora se llaman?”.

“No. Es una financiera lo de mi primo”.

Dejé que continuara, pero ya había por lo menos tres señales de alerta que eran como para preocuparse.

“Siga, doña Claudia. ¿Entonces?”.

“No estoy segura. Pero al fin del mes pasado, al primo se le dificultó pagarnos los intereses de nuestros ‘certificados de depósito’. Al final siempre paga, eso sí. Te traje una copia para que lo revisaras”.

En lo que ella buscaba el documento, no pude dejar de agregarle dos señales adicionales de alerta a la conversación.

Ya sumaban cinco.

“¿Crees que debería preocuparme, Mello?”, ansiosa me preguntó doña Claudia.

“Eso es todo lo que mi hermano y yo tenemos y las medicinas de él son caras...”.

Evité sus ojos luego de que me entregara y yo revisara el documento de la “inversión” que ella había hecho.

Tenía que pensar en cómo era que yo le iba a explicar a doña Claudia que ella y su hermano habían perdido toda una vida de ahorro y de trabajo.

Tres señales de alerta más

El documento frente a mí no era un “certificado de depósito” de una entidad financiera regulada. Era más bien un instrumento de deuda de una empresa comercial cualquiera, sin ningún tipo de supervisión, regulación o garantía.

Para colmo, la supuesta empresa, todavía con la denominación de compañía por acciones (C. por A.), ni siquiera existía. La busqué en los registros de la Dirección General de Impuestos Internos y la Oficina Nacional de Propiedad Intelectual, y ni rastros de la “financiera”.

Terminé de preocuparme cuando me detuve en la tasa de interés que el primo le había estado pagando a doña Claudia.

En aquel momento, a los grandes depositantes, como era el caso de mi vecina, se le pagaba como mucho un 6% en RD$.

El primo le estaba pagando 24%, es decir cuatro veces el promedio de la banca. “En las finanzas”, me enseñó un gran banquero, “no hay ilusiones... A mayor el rendimiento, mayor será, necesariamente, el riesgo que se está asumiendo”.

Aunque triste, es común que personas de “confianza” abusen, precisamente, de la bondad de quienes confían en ellos.

Las “financieras” ya no existen. Y si existen, lo hacen de forma irregular e ilegal, pues no son entidades autorizadas por la Superintendencia de Bancos.

El hecho de que Claudia se me acercó preocupada por los atrasos, me confirmaba que ya al “primo” se le acabó el oxígeno y la liquidez para seguir pagando.

“Tenemos que llamar a un abogado, doña Claudia... El problema es serio”.

(Días después supe por la prensa que la estafa fue de RD$400 millones. Afectó a 118 personas, incluyendo cinco envejecientes que fallecieron durante el proceso.)

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